martes, 6 de marzo de 2007

La biblia desde la arqueología

Uno de los asuntos mas espinosos con respecto a la relacion libro-historia es si los hechos de la Biblia ocurrieron o no. Miles de horas a lo largo de años e incluso siglos se han pasado historiadores, arqueologos y teologos tratando de desentreñar este misterio.Werner Keller se hizo famoso con un libro que se llamaba Y la Biblia tenía razón donde pretendio armonizar el texto bíblico con la documentación arqueológica entonces conocida. Pero ya el gran Eric Hobsbawm y Terence Ranger editaron un magnífico libro sobre La invención de la tradición, con estudios centrados en la experiencia histórica anglosajona. Ahora el libro que comento se une a la Invencion de la tradicion.

El libro La Biblia desenterrada: una nueva visión arqueológica del Antiguo Israel y de los orígenes de sus textos sagrados, de Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman (Traducción de José Luis Gil Aristu, Editorial Siglo XXI, Madrid, 2003, 414 páginas), es una recapitulación de la historia del Israel bíblico basada en la más reciente investigación arqueológica. Finkelstein, profesor de la Universidad de Tel Aviv y uno de los principales arqueólogos del mundo, y Silberman, profesor del Centro ENAME y uno de los principales estudiosos de los Rollos del Mar Muerto, ofrecen un recuento que cubre desde el tiempo de los patriarcas hasta el período posterior al exilio, concluyendo que los relatos del Antiguo Testamento no son más que ficción. «Hacia el final del siglo VII aC, durante unas pocas décadas extraordinarias de ebullición espiritual y agitación política, un grupo inverosímil de funcionarios de la corte, escribas y sacerdotes, campesinos y profetas judaítas se unió para crear un movimiento nuevo cuyo núcleo fueron unos escritos sagrados dotados de un genio literario y espiritual sin parangón, un relato épico entretejido a partir de un conjunto asombrosamente rico de escritos históricos, memorias, leyendas, cuentos populares, anécdotas, propaganda monárquica, profecía y poesía antigua», dicen los autores de La Biblia desenterrada. Adoptando una variante de la llamada aproximación minimalista, que está asociada, en particular, con Philip R. Davies, Thomas L. Thompson y Niels Peter Lemche, consideran a la mayor parte del material bíblico como el producto del Judá del siglo séptimo a.C., reflejando las realidades y las preocupaciones del reino del sur de esa época (datarían todo el material bíblico en el período posexílico). Así, las historias de los patriarcas, del éxodo y del asentamiento deberían ser leídas como creaciones literarias del pueblo de Judá que deseaba crear una historia nacional durante la época del rey Josías. La historia real muestra unos clanes y tribus en pugna permanente con otras poblaciones de la zona, que deben administrar una región no demasiado rica en recursos naturales, que recurren a un cierre religioso en torno a un monoteísmo agresivo y excluyente precisamente como otro medio de preservar su cohesión e identidad propias. «La epopeya histórica contenida en la Biblia –desde el encuentro de Abraham con Dios y su marcha a Canaán hasta la liberación de la esclavitud de los hijos de Israel por Moisés y el auge y la caída de los reinos de Israel y Judá– no fue una revelación milagrosa, sino un magnífico producto de la imaginación humana. Según dan a entender los hallazgos arqueológicos, comenzó a concebirse hace veintiséis siglos, en un periodo de dos o tres generaciones. Su lugar de nacimiento fue el reino de Judá, una región de pastores y agricultores escasamente poblada...».

Finkelstein, quien ya es un autor cuestionado por los circulos mas fundamentalistas de Israel, junto con Ze'ev Herzog, tambien de la Universidad de Tel Aviv, a quienes se les tilda de "enemigos de Israel", vuelvea reafirmarse en sus polemicas declaraciones en este nuevo libro, donde ahora con Silberman mantienen que los Patriarcas –Abraham, Isaac y Jacob– son personajes de leyenda ( La Biblia es la historia de los descendientes de Abraham, con quien Yahvé suscribe un pacto: «Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré» (Génesis 12, 1-2). No hay pruebas arqueológicas de la existencia de Abraham, Isaac y Jacob hacia 2100 aC. La ambientación apunta a los siglos VIII y VII aC, después de David y Salomón, sucesores de Abraham. «La gran genialidad de los creadores de esta epopeya nacional en el siglo VII consistió en entretejer los relatos antiguos sin despojarlos de su humanidad o su peculiaridad individual. Abraham, Isaac y Jacob siguen siendo al mismo tiempo retratos espirituales vívidos y antepasados metafóricos del pueblo de Israel», concluyen Finkelstein y Silberman)que no hubo un periodo de esclavitud en Egipto ni un éxodo («Preséntate al faraón por la mañana, cuando vaya hacia el Río... Y le dirás: ‘Yahvé, el Dios de los hebreos, me ha enviado a ti para decirte: ‘Deja partir de mi pueblo, para que me den culto en el desierto’; pero hasta ahora no has hecho caso’» (Éxodo 7, 15-16). Moisés se enfrenta al faraón, libera a su pueblo, recibe las Tablas de la Ley y los hijos de Israel vagan durante cuarenta años por el desierto hasta llegar a la Tierra Prometida. Ningún texto egipcio, de los muchos que hay, menciona nada de esto. La acción se sitúa en tiempos de Ramsés II (1304-1237 aC). Sin embargo, «los detalles más evocadores y geográficamente más coherentes del relato del éxodo proceden del siglo VII aC», destacan Finkelstein y Silberman. Huir del ejército del faraón hubiera sido imposible para un grupo de desheredados que, de conseguirlo, se habría enfrentado después a las guarniciones egipcias del Sinaí y Canaán. Por si eso fuera poco, los israelitas no dejaron rastro de su larga estancia en el desierto),que los israelitas no conquistaron Canaán por las armas (El pueblo de Israel, dirigido por Josué, conquista Canaán, donde hay «ciudades grandes, con murallas que llegan hasta el cielo» (Deuteronomio 9, 1). «La famosa escena de las fuerzas israelitas marchando con el Arca de la Alianza en torno a la ciudad amurallada y provocando el derrumbamiento de los poderosos muros de Jericó al son de las trompetas de guerra era, por decirlo sencillamente, un espejismo romántico», indican Finkelstein y Silberman, tras explicar que el Jericó del siglo XIII «era pequeño y pobre, casi insignificante, y, además, no había sido fortificado». Muchos enclaves que se citan en el texto no estaban habitados en aquella época. La conquista de Canaán no sucedió en el mundo real), que no existió una monarquía unificada –que abarcara todo Israel– en tiempos de David (1005-970 aC) y Salomón (970-931 aC), que el culto a Yahvé como único dios se impuso muy tardíamente...«La mayoría de las personas que formaron el primitivo Israel eran gentes del lugar –las mismas a las que vemos en las tierras altas a lo largo de las edades del Bronce y del Hierro–. En origen, los primeros israelitas fueron también –ironía de ironías– ¡cananeos!», explican en su libro
Por supuesto, argumentos como los anteriores ya eran hipotesis circulando en el circuito historiografico. El aporte de este libro radica en la fundamentación de los razonamientos respecto de la monarquía unificada y los desarrollos posteriores sobre la base de una argumentación arqueológica cuidadosamente concebida. Representados los reinados de David y Salomon en el Antiguo Testamento como una anterior Edad de Oro de una monarquía unificada bajo la conducción de Judá, la realidad histórica muestra todo lo contrario. David y Salomón no rigieron grandes imperios, sino que fueron sólo gobernadores provinciales de una región escasamente habitada. Su representación como soberanos de un vasto imperio israelita se propuso servir como legitimación ideológica de una monarquía unida por Josías en el siglo séptimo. (Hubo una época en la que Israel, bajo David y Salomón, se extendió desde el río Eúfrates hasta Gaza, según la Biblia. Durante el siglo X aC, Jerusalén llegó a ser una gran ciudad en la que Salomón construyó un palacio y un templo donde adorar a Yahvé. Esa monarquía gloriosa no encaja con lo descubierto por los arqueólogos. «Está claro que el Jerusalén de la época de David y Salomón fue una ciudad pequeña, quizá con una ciudadela para el rey, pero en ningún caso la capital de un imperio como dice la Biblia», asegura Ze’ev Herzog. «Desde un punto de vista político, David y Salomón fueron poco más que caudillos tribales de la serranía cuyo alcance administrativo no superó un ámbito bastante local, limitado al territorio montañés», coinciden Finkelstein y Silberman). Los archivos egipcios y mesopotámicos han servido para establecer una cronología, donde no se incluyen ni una palabra del supuesto esplendor de las cortes de David y Salomón, ni de ninguno de los episodios más famosos de la Biblia. Las piedras han demostrado, por ejemplo, que el Jerusalén de David y Salomón no fue la gran capital bíblica, sino un pequeño pueblo.Finkelstein y Silberman dan una nueva datación a los niveles arqueológicos en Megiddo, Jasor y Guézer (cf. 1 Reyes 9:15) que habían sido atribuidas previamente a Salomón, basados en los estilos arquitectónicos, las formas de la cerámica y la datación mediante radiocarbono. Según los autores, los niveles atribuidos a Salomón que contienen restos arquitectónicos a gran escala, en realidad deberían ser datados al menos medio siglo después. Por consiguiente, se vuelve difícil creer la descripción bíblica sobre la escala y extensión de sus imperios. También, de acuerdo a ellos, un examen de los patrones de asentamiento desde la parte sur a la norte de la región montañosa israelí indica que la condición estatal surgió primero en el norte durante la dinastía de los Omridas, mientras que el sur permanecía relativamente deshabitado hasta la caída del Reino del Norte en el siglo octavo. Sólo después de la destrucción asiria alcanzó el sur una condición estatal desarrollada.De esta manera, según Finkelstein y Silberman, y teniendo en cuenta que Judá es descrito como un caudillo en la historia de Israel, la representación del pasado israelita es una retroyección de la época en que el Sur fue importante por primera vez. Específicamente, el tiempo de Josías es la edad de oro, que es la más adecuada como época para esta presentación. En este punto es provechoso mencionar que Finkelstein y Silberman siguen la hipótesis de la historia deuteronomista en su versión de la doble redacción, donde la historia principal se considera compuesta en la época de Josías. (La hipótesis original de la Historia deuteronomista tuvo su origen con Martin North en la década de 1940 y considera Deuteronomio-Reyes como una obra unificada que se remonta a la época del exilio babilónico).

Por supuesto que el libro no esta exento de polemica. La arqueología y la Biblia no tienen una relacion muy buena. Las excavaciones de las últimas décadas han minado los cimientos históricos del Antiguo Testamento, los 39 libros que constituyen la base del cristianismo y del judaísmo, y que además son, para muchos israelíes, una crónica de los orígenes del pueblo hebreo y justificación de sus aspiraciones territoriales. El mismo Finkelstein en su libro The Archaeology of the Israelite Settlement [1988], dice que al final de la Edad del Hierro I y a comienzos de la del Hierro II, el poblamiento en Judá se incrementó sustancialmente, lo que podria invalidar su nueva postura relativa a la unificacion. Además, las historias de Jueces y de Samuel no dependen de la extensión del Imperio de David y Salomón. En consecuencia, no se puede juzgar la validez esencial de estos relatos en base a la descripción de Salomón y de los libros de los Reyes. (Es necesario recordar que, para la época de David, no hay descrita ninguna de las estructuras administrativas principales comparable a las de Salomón). A este respecto, considerando las objeciones recientes a la Historia Deuteronomista (por ejemplo, Westermann, Die Geschichtsbücher des Alten Testaments; Pitkänen, Central Sanctuary and Centralization of Worship in Ancient Israel), si los libros de Josué-Reyes son más bien bloques separados que una historia unificada, es posible que únicamente sea la descripción de Salomón la que es exagerada, mientras que la fiabilidad y procedencia de Josué-Jueces ha de ser juzgada de forma separada. Bajo estas circunstancias, especialmente si la tradición del liderazgo de Judá es antigua, es mucho menos obvio que las tradiciones bíblicas israelitas deban, en lo esencial, ser ubicadas en la Judá josiánica del siglo séptimo, como sugieren Finkelstein y Silberman.

La edición española tiene el acierto de incluir un prólogo de Gonzalo Puente Ojea, conocido especialista en historia antigua del cristianismo y crítico acerado del oscurantismo y la manipulación histórica de la Iglesia. El título de su prólogo, “La Biblia como ideología religiosa nacionalista de un pueblo”, es suficientemente expresivo. Puente Ojea, tras rastrear brevemente la conexión directa entre divinidad y realeza en los primeros tiempos históricos y en las más tempranas construcciones religiosas, subraya la importancia que los autores han concedido a los factores ideológicos para el estudio de la Biblia. Es decir, el relato bíblico no puede entenderse sin analizar las circunstancias sociales, institucionales y culturales de la comunidad que lo creó, sin atender a su especificidad y sus necesidades históricas y a su concepción del mundo. En ese sentido, es preciso ser consciente del papel del Antiguo Testamento «en el proceso de formación ideológica de Israel como pueblo elegido, en el contexto de una religiosidad étnica y nacionalista en la que Yahvé emerge como Dios providencial que dirige el curso histórico de los pueblos» (Prólogo, XVI).

Este libro, pese a ser cuestionable en algunos aspectos, refuerza una postura: los argumentos de la existencia de Israel basados en la Biblia son invalidos. En ese punto radica el peligro que entraña para los politicos de ese pais.